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En el mundo digital con sus millones de copias baratas, el teatro, en general, se ha convertido en —o se ha vuelto—   una cosa muy cara:  cuando nos divierten seres humanos en vivo, en lugar de reproducciones o difusiones digitales, el presupuesto es inevitablemente más alto. Así que un boleto para una función del teatro también ha sido convertido en un artículo de lujo, un símbolo del prestigio: al comprar este boleto, uno compra el trabajo caro de artistas con habilidades insólitas, y al asistir a la función, uno se congrega con otra gente con la misma capacidad financiera, con quien cada persona puede mostrar, una a otra, su propio gran gusto. Es una tendencia general, no una regla absoluta, pero es la situación desafortunada del teatro como producto consumidor en el mercado libre en competencia con videos virales. Sin embargo, hay excepciones. Festa_Sala_Seki_Sana

Un grupo grande de excepciones se podían encontrar en Festa, Festival de Teatro Alternativo en Bogotá, que tuvo lugar entre 12 y 27 de marzo. Las obras en este festival no son productos consumidores de alto precio, y no simplemente porque los boletos son baratos: de hecho estas obras podrían ser lo contrario de los símbolos de prestigio. Asistir a una de estas obras (después de esperar en la fila larga que crece, cada noche, informalmente y con cortesía, serpenteando por los patios de las viejas casas coloniales que funcionan como salas de espera para los teatros de Candelaria) no es una oportunidad para mostrar la capacidad de comprar el trabajo de los otros. Es una oportunidad, en contraste, para compartir: la audiencia comparte la atención y la disponibilidad de aprender e imaginar; los artistas del teatro comparten sus habilidades y sus indagaciones de lo que es importante en el mundo.

Vi 9 obras de Festa este marzo, y todas eran originales, creativas, y bien asistidas (tetiadas, como se dice en Colombia, llenas hasta las tetas). Dos obras destacan como ejemplos de conversaciones entre los artistas y la audiencia sobre lo que es importante. Estas obras, que vi durante un largo fin de semana, me llevaron en un viaje de la violencia política al conflicto íntimo, de la necesidad de recordar a la posibilidad de resolver.

La Memoria de las ollas o caligrafías de la Orfandad
La Mosca Negra (Medellín)

En La Memoria de las ollas o caligrafías de la Orfandad del grupo La Mosca Negra de Medellín, algo importante se necesita recordar, se necesita tomar forma, se necesitan nuevas metáforas para que el público pueda enfrentarlo y aceptarlo. Ésta es una época de asesinato, crueldad, y pérdida devastadora: La Violencia de 1948 a 1958 (más o menos), la guerra civil entre los dos partidos principales del gobierno de Colombia, los Conservadores y los Liberales, un episodio en que la competencia política, las rivalidades de las elecciones y el clientelismo, metastatizaron en el horror de violencia extendida. Esta obra, sin embargo, no se trata las causas de La Violencia sino los efectos.

La figura central de la obra es una mujer enmascarada, vestida en un traje de gordo, pero el efecto no es cómico sino incómodo y un poco grotesco. La metáfora bovina es ineludible: su cuerpo es pesado con alimentación, como si fuera una vaca que deba ser ordeñada. A pesar de su carga, ella baila constantemente, y a veces habla directamente a la audiencia, diciéndonos lo que ha pasado a familias, campos, aldeas. Entendimos que ella es una mujer quien ha perdido a sus hijos. Ella está acompañada por dos músicos, hombres enmascarados, uno que toca la guitarra y canta canciones tradicionales, el otro que genera sonidos experimentales de las ollas de una cocina campesina. La obra es una serie de poemas: poemas en palabras, poemas en danza, poemas en sonido, poemas que han encontrado melodías y se convirtieron en cantos. A la larga, la mujer suelta su carga: de sus pechos engordados fluyen maíz y arroz, semillas que cubren la escena. Al fin ella descubre pequeñas sillas en el suelo (un poco de tierra en la escena casi vacía), al parecer todo lo que permanece de una vida familiar. Con aire de gravedad ella arregla las sillas en frente de la escena. Entendimos que ella no es solamente una mujer, es la tierra colombiana, fértil pero desgarrada.

En la llamada a escena, la mujer, sin máscara pero todavía llevando su traje incómodo, se ve avergonzada por el aplauso. No demuestra la alegría de éxito teatral sino la tristeza de una guía por un lugar trágico. Después de la función, nadie impide la audiencia vagar por la escena, ahora cubierta con maíz y arroz. No hay problema; no hay acomodadores o vigilantes preocupados; la audiencia vaga tranquilamente, señalando, mirando, hablando en voces bajas: como si la escena fuera un sitio arqueológico, un lugar santísimo, mereciendo respeto y memoria. Las_Ollas_Las_Sillas

El Otro Animal
VB Ingeniería Teatral (Bogotá)

A la entrada a la caja negra, el espacio de actuación en el Teatro la Candelaria, la audiencia pasa dos actores ya están puestos en la escena grande pero casi vacía: un hombre y una mujer, vestidos de blanco, ropa elegante pero floja y suelta, bien adaptada al movimiento. Mientras tomamos nuestros asientos, ellos se quedan fijos en lados opuestos de la escena, relacionados por su ropa pero separados por su comportamiento. Él está bebiendo, y en realidad se ve bastante borracho; ella está amasando masa, con una furia silenciosa. Vamos a ver una pareja en una relación con mucho conflicto.

Tan pronto como la audiencia está sentada (nunca una tarea fácil durante Festa, en que agotada es un concepto aproximado y negociable), el conflicto toma forma. Es más o menos el conflicto que uno esperaría: el conflicto íntimo entre mujer y hombre: ella está enojada con él, él está aburrido; él quiere una relación con una mujer más joven. La obra tiene la estructura de una composición musical, y esta disputa es el tema inaugural. Al escuchar el deseo del hombre de salir, la mujer explota en movimiento, una danza punk de rabía con masa tirada y escupida, un baile no bonito pero muy expresivo. Así las transformaciones empiezan. Ella se convierte en la doctora psicóloga reprobadora de él; él se convierte en el terapista manipulativo de ella; ambos hablan directamente a la audiencia, diciendo que esto es teatro y ambos preguntan ¿si esto es teatro, quien soy yo? ¿Otro animal? Ellos corren, bailan y cambian su ropa, siempre con colores coordinados --de blanco a rojo, de rojo a morado, de morado a azul. Las palabras de la pelea inicial son repetidas, en órdenes diferentes, de bocas diferentes, con emociones diferentes. Ellos son una pareja con mucho conflicto, pero también con una conexión muy profunda.

Durante su camino frenético ambos hacen cada técnica disponible al teatro a pequeño presupuesto, incluso trucos de magia. Al principio, estos trucos funcionan solamente como metáforas, bromas de teatro experimental que usan las formas de magia no para asombrar o maravillar, sino para mostrar las almas de los personajes: el hombre abre una caja después de otra caja anidada previa, para descubrir en la última, la más pequeña, voces de su vida; la mujer empuja largas cadenas de su boca, que le dan asco y son obviamente metáforas de sus palabras odiosas. Pero en la última escena, vestidos de azul irisado, ellos al fin hacen juntos un truco de magia verdadera: un truco que funciona no solamente para  mostrar sus almas, pero además reparte los placeres sencillos de sorpresa y deleite a la audiencia. Ponen la cadena negra, extraída de la boca de la mujer, en una olla, la arden en llamas y la tapan. Un momento después, cuando destapan la olla, encuentran  una paloma blanca  viva. Este truco encanta la audiencia --después de mirar esta pareja peleando como bestias por una hora, es una alegría verlos haciendo algo juntos para nuestro placer, y para sí mismos también. Por el momento, este truco resuelve todos los conflictos de su relación y da júbilo a la audiencia. Solamente por el momento, sin duda, pero en el teatro, el punto final es lo mismo que la eternidad.

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