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“El Quijote”, aclara Menard, “me interesa profundamente, pero no me parece ¿cómo lo diré? inevitable….  El Quijote es un libro contingente, el Quijote es innecesario. Puedo premeditar su escritura, puedo escribirlo, sin incurrir en una tautología.… Mi recuerdo general del Quijote, simplificado por el olvido y la indiferencia, puede muy bien equivaler a la imprecisa imagen anterior de un libro no escrito. "

Borges, "Pierre Menard, autor del Quijote"

Yo también, más o menos. Mi recuerdo general del Quijote es el de un estadounidense, quien ha visto "El Hombre de la Mancha" cuando joven y muchos años después ha escuchado un libro en audio en inglés del libro completo, sin abreviar, incluso la aprobación del Rey y el diálogo en forma de soneto entre dos caballos: Rocinante y el corcel del Cid, Babieca. El paquete grande de cassettes de la biblioteca pública quedó en mi Hyundai por seis semanas, y en cada viaje yo escuchaba por pocos minutos más. No importaba que tan duro era el viaje, me reía en voz alta por lo menos una vez, allí solo en mi carro. Fue sin duda el libro más divertido que he escuchado en mi vida. Y también a lo largo de los años, he leído muchas referencias al Quijote en los escritos de muchos escritores que admiro, de los que no es el menor el mismo Borges. Entonces para mí, la imagen del Quijote es de una obra vasta de la imaginación que aun vislumbrada por los espejos de traducción y narración tiene la capacidad de sorprender, divertir y subvertir.

Es decir, la obra El Quijote del teatro La Candelaria fue perfecta para mí, o mejor dicho, yo fui un buen asistente para la obra: con mi español imperfecto y recuerdos imprecisos y simplificados del relato, del humor y de la fama del libro de Cervantes, me sentaba en la audiencia como un viejo niño, más listo a responder a la comedia visual que a las frases inmortales.

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El Teatro La Candelaria es una compañía nacida en el 1966, inspirada sin duda (como muchos teatros pequeños en todas partes del mundo nacidos en esta década) por Jerzy Grotowski, Bertolt Brecht, circos vagabundos, la proximidad de la revolución y el entusiasmo de los niños para ponerse cualquier ropa que esté disponible. Su supervivencia hasta ahora es notable; debe ser un cuento con muchos reversos y tendría que ver con sus raíces en su barrio de La Candelaria, esta improbable aldea colonial en el borde de la megaciudad de Bogotá. Por encima la perdurabilidad de un teatro pequeño por casi 50 años tiene que ver con el hecho que la compañía tiene sólo un líder, indisputado y prodigioso: Santiago García, el dramaturgo y director de esta producción.  Tan importante es García en la compañía que sólo su nombre aparece en la publicidad; es difícil hallar los nombres del elenco. Un video viejo en el internet revela que los papeles principales se habían interpretado por los mismos actores desde el inicio (o parece que sí): César Badillo como Quijote y Fernando Peñuela como Sancho Panza.  Ambos son impresionantes. (Badillo es un hombre bajo, pero no pasa nada, su Quijote lleva zapatos de plataformas.)

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Esta producción de Quijote, a propósito, es aparentemente un cimiento de la compañía, nacida hace 15 años con muchos nuevos montajes desde entonces. Segúnentrevistas en las versiones en internet de los periódicos bogotanos, la compañía escogió 12 episodios de la montaña proveído por Cervantes, de los que construyeron 12 escenas con una alma colombiana, bogotana y candelariana. No soy calificado para juzgar exactamente cómo colombiana o candelariana la adaptación es, salvo para señalar que el comportamiento de Don Quijote más que una vez recordado mí de un habitante de la calle muy cerca, quien se había asumido a sí mismo el mando de un atasco.

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De las 12 escenas yo recuerdo Don Quijote montado en su Rocinante, un títere gigante; Sancho Panza vestido con un traje en su mitad inferior que representa su burro; los dos en un barco; los dos peleando con las lavanderas y rescatados por los panaderos (¿o es el reverso?); muchos sueños tirados a través de la parte posterior de la escena por una máquina invisible; Dulcinea aparece en el aire iluminada por luces estroboscópicas y hablando en una voz distorsionada; Sancho Panza solo (¿era una escena en que él y el Don se separaron? no podría decir....); Sancho encuentra un grupo de personas raras; Sancho se convierte en el líder del grupo; en verdad su gobernador pero con las insignias de un rey: un trono rudo y una corona campestre; Sancho esperando que haya mucha comida y bebida en su nuevo puesto; la llegada de un oficial del Rey —el verdadero Rey— con las noticias que Sancho tiene que hacer algo molesto o inmoral (¿ir a la guerra? ¿recoger impuestos? no sé...); Sancho resuelve resignarse a su puesto, así que no ha recibido nada de comer o beber y no quiere hacer la cosa asquerosa (sea lo que sea) para el Rey; Sancho llevando puesto su vestido de burro y el pueblo de este lugar lo despide; Sancho montando en su burro, andando afuera del pueblo en un pedazo de escena especialmente brillante, en que unos pocos pasos pequeños a un lado y a otro dan la imagen de un vaquero en una película a caballo hacia a nosotros, mirando por un telescopio, una larga despedida, triste y lenta.

Aunque la obra está presentada sin descanso, este momento se  siente como la mitad, y en verdad esto es. En la próxima escena una partida de caza, compuesta de los nobles y los criados del renacimiento, incluso una duquesa en un miriñaque muy ancho. En una escena muy divertida todos apuntan sus mosquetes a la audiencia y los criados con buenas trampas convencen sus maestros que habían matado el mismo faisán tres veces. Cuando Don Quijote y Sancho Panza asoman, la duquesa reconoce el hidalgo inmediatamente. ¿Como? Porque Don Quijote ahora es famoso y ella ha leído de sus hazañas en un libro de Cervantes. Estamos en el segundo volumen del Quijote, en que el primer volumen es parte del mundo del cuento. Por su parte Don Quijote no le gusta la auto-referencialidad, o su uso en las manos del Cervantes.

Lo que sigue es una sucesión cada vez más chillona de circos, diablos, enanos, gigantes y mujeres desenfrenadas. Ya no estamos mirando como Don Quijote y su escudero vagan por las llanuras secas de La Mancha donde sueños de caballerosidad chocan con la realidad cotidiana; ahora estamos dentro de estos sueños, un lugar loco y expresionista anclado al mundo de compra y venta, hambre y sed, trabajo y familia, límites y arrepentimientos, anclado al mundo, es decir, que nosotros de mente sana tenemos que aceptarlo durante nuestras horas de desvelo, sólo por la presencia de Sancho Panza, quien a veces dice que quiere regresar a su campo sencillo, su mujer sencilla, su vida anterior. En verdad Sancho no quiere salir. El quiere quedarse con su maestro, aunque el hidalgo se pone en una jaula se lleva como una atracción secundaria de un circo.

Con la salida de Don Quijote en la jaula, la función está acabada, pero este Quijote permanecerá en mi recuerdo, juntos con los otros Quijotes:  los de la cultura alta y baja, el de Menard y Borges, los muchos de Picasso, el del narrador en inglés y el de Cervantes, el original, ese protagonista imprescindible de un libro innecesario, cual todavía espero leer en su propio idioma algún día.

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