El miércoles por la tarde estaba buscando un lugar tranquilo, con buen Internet, para terminar mi ensayo sobre el teatro de la calle como parte del festival Cervantino. Encontré el cafe adjunto al patio del Museo Iconográfico del Quijote. Por el momento, no estoy hablando del museo como museo, sino del café como café, como un lugar social. Hay que decir, antes de todo, que el espacio era perfecto para pensar y escribir. El café estaba a un lado, en una sala pequeña, pero también había mesas en el patio central del museo, y fue allí donde me puse a escribir. El ambiente del patio era muy tranquilo con la luz filtrada, suave y gris: lo mejor para alentar pensamientos artísticos. Y había música —sonidos fantasmales de un piano— ¿de dónde? Averigüé, y encontré una mujer tocando un piano de cola en una de las galerías. Ella estaba a solas, y yo no sabía si su actuación era parte de la programación del museo, o si ella simplemente estaba aprovechando el piano para practicar. En todo caso, su técnica era muy profesional --más de una hora tocando, completamente libre de titubeos. No podía identificar los compositores, pero el estilo se veía influenciado por la música de Ravel y DeBussy, mezclado con las ideas del siglo XX, como sí Ravel a veces se topara un atasco.

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El martes descubrí por casualidad en la Plaza Los Angeles un circo. Era parte del Cervantino, creo que sí, afiliado con el programa que se llama “Cervantino Para Todos”, aunque no había podido encontrar esta función en ningún programa. El circo empezó a las cuatro y media —más o menos— con un grupo de acróbatas, entre ellos destacaron dos hombres en zancos. No era un grupo de alto presupuesto; los zancos estaban amarrados a las piernas de los hombres con cinta canela, y su actitud era muy callejera, como si hubieran desarrollado sus habilidades en el tráfico, en actuaciones informales para audiencias atrapadas por los semáforos rojos.

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También había acróbatas más tradicionales, un hombre y dos mujeres que hacían proezas de fuerza y balance.  

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El clímax de este espectáculo fue el momento en que los tres se acostaron en el suelo y el narrador invitó a seis personas de la audiencia unirse con ellos y los zancudos corrieron por arriba de los nueve.

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El acto siguiente era Teatro Para Todos por antonomasia. Un grupo que se llama Compañía Teatral 30 Arte consistía de dos mujeres, más o menos jóvenes, en máscaras pintadas de catrinas, en leotardos pintados de esqueletos debajo de capas de faldas, vestidas, en breve, como niñas jugando con ropa vieja. Y microfonos. Ellas eran profesionales en el teatro de la calle, ya que eran expertas en el uso discreto de la amplificación. Ellas empezaron a cotorrear con la audiencia usando las cartas de la lotería para predecir las fortunas y describir las vidas y las muertes de varias personas.

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De pronto, las catrinas deciden que la audiencia quiere que ellas cuenten historias. Ellas se convierten en Las Calaveras de la Revolución, quienes saben la historia secreta de los acontecimientos de 1910. Con su voces rápidas y costumbres sencillas, ellas actúan y relatan la revolución. En el proceso, se aprovechan de la presencia de un norteamericano en la audiencia para mofarse, una coqueteando con él como si ella fuera una guerrillera pidiendo armas de los gringos. Esto es genial, pero las denuncias de la política actual de México no lo son. Las acusaciones contra Peña son especialmente fuertes. Asesino. Secuestrador. Violador. Las palabras amargas ganaron una risa de la gente.

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Al final, en tonos más serios, ellas muestran cartas de un grupo diferente de fantasmas: los desaparecidos, los herederos olvidados del logro de la revolución. Los zapatistas. Los estudiantes de octubre del ‘68. Los 43 de Ayotzinapa. Hay más, pero me avergüenza que no acordarme de los nombres.

Si importa la opinión del gringo mofado genialmente, me parece que la Compañía Teatral 30 Arte ofrece un buen modelo para el teatro político. Usando las formas tradicionales, bien adaptadas al ruido de las calles contemporáneas, ellas capturan la atención de la gente y especialmente la de los niños con diversión y energía, entregando una lección de historia avivada con bromas políticas, y terminan con un mensaje serio pero breve. Treinta minutos de comedia popular y luego cinco minutos de luto y enojo. Es una buena receta.