El vuelo de Atlanta a León iba saliendo muy bien. Más que bien, de hecho: yo empecé en un asiento trasero, pero el avión era un poquito pequeño, y pocas personas estaban en primera clase. Para restaurar equilibrio, las azafatas me trasladaron del asiento 19D al 1A, un trono real en frente del avión. Ellas pudieron haberme tratado como lastre, como balasto, como peso muerto, pero al parecer el protocolo de la aérolinea es tratar a cualquiera que esté en primera clase como si hubiera pagado su precio. Recibí buena comida, buen vino, y una toalla caliente para mis dedos elegantes. Agradecí a la azafata por el servicio inmerecido. Ella estaba bromeando conmigo, diciendo que yo necesitara tomar una selfie viviendo la vida, justo cuando el piloto hizo un anuncio.

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No soy el huésped más nuevo en la casa de la familia Hortensia: yo llegué el sábado, y Fumi llegó el domingo.  Fumi es un joven japonés de unos veinte años que trabaja en gran banco internacional. Normalmente, él trabaja de las seis de la mañana hasta las diez de la noche.  Es un salaryman, una palabra japonesa de origen inglés, que significa un hombre que recibe un sueldo mensual y trabaja horas largas. Pero para el próximo año, él va a estudiar español en Guanajuato, en clases en la universidad durante la mañana e instrucción privada en las tardes en Escuela Falcón. ¿Ocho horas de clases al día? ¿Con su sueldo integral? ¿Y todos sus gastos pagados por el banco? Fumi está de vacaciones, aunque está en un país en que no conoce el idioma local.

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