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En el mundo digital con sus millones de copias baratas, el teatro, en general, se ha convertido en —o se ha vuelto—   una cosa muy cara:  cuando nos divierten seres humanos en vivo, en lugar de reproducciones o difusiones digitales, el presupuesto es inevitablemente más alto. Así que un boleto para una función del teatro también ha sido convertido en un artículo de lujo, un símbolo del prestigio: al comprar este boleto, uno compra el trabajo caro de artistas con habilidades insólitas, y al asistir a la función, uno se congrega con otra gente con la misma capacidad financiera, con quien cada persona puede mostrar, una a otra, su propio gran gusto. Es una tendencia general, no una regla absoluta, pero es la situación desafortunada del teatro como producto consumidor en el mercado libre en competencia con videos virales. Sin embargo, hay excepciones. Festa_Sala_Seki_Sana

Un grupo grande de excepciones se podían encontrar en Festa, Festival de Teatro Alternativo en Bogotá, que tuvo lugar entre 12 y 27 de marzo. Las obras en este festival no son productos consumidores de alto precio, y no simplemente porque los boletos son baratos: de hecho estas obras podrían ser lo contrario de los símbolos de prestigio. Asistir a una de estas obras (después de esperar en la fila larga que crece, cada noche, informalmente y con cortesía, serpenteando por los patios de las viejas casas coloniales que funcionan como salas de espera para los teatros de Candelaria) no es una oportunidad para mostrar la capacidad de comprar el trabajo de los otros. Es una oportunidad, en contraste, para compartir: la audiencia comparte la atención y la disponibilidad de aprender e imaginar; los artistas del teatro comparten sus habilidades y sus indagaciones de lo que es importante en el mundo.

Vi 9 obras de Festa este marzo, y todas eran originales, creativas, y bien asistidas (tetiadas, como se dice en Colombia, llenas hasta las tetas). Dos obras destacan como ejemplos de conversaciones entre los artistas y la audiencia sobre lo que es importante. Estas obras, que vi durante un largo fin de semana, me llevaron en un viaje de la violencia política al conflicto íntimo, de la necesidad de recordar a la posibilidad de resolver.

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